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Tres propósitos para el Año Nuevo

Parte 2: Sala 0

La escalera que bajaba al sótano era estrecha y antigua, con los escalones irregulares. El pie de Mira resbaló una vez sobre una zona húmeda, y Tom le agarró la manga antes de que tropezara. Nadie dijo nada. En momentos como ese, incluso Tom se quedaba callado.

Abajo, la escalera desembocaba en un pasillo que era mucho más largo de lo que debería haber sido visto desde fuera. La linterna de Leila no alcanzaba el final. Las paredes eran de hormigón gris, pero no el hormigón quebradizo de siempre, sino liso como piedra pulida. Aquí y allá corrían finas líneas, como si vetas de metal oscuro hubieran sido incrustadas en la pared.

“Esto es nuevo”, susurró Mira.

“¿Qué quieres decir?” Tom intentó bromear, pero la voz se le quedó atascada.

Mira señaló el suelo. “No hay polvo. No hay arañas. No hay… tiempo.”

Avanzaron despacio. El zumbido se hizo más claro, un tono constante que vibraba más en el cuerpo que en los oídos. Entonces vieron la puerta.

No era de metal ni de madera. Parecía hecha de algo intermedio: negro mate, sin pomo, sin bisagras. Solo una pequeña placa en el centro, en la que se leía en letras plateadas:

SALA 0

“Ya lo odio”, murmuró Tom.

Leila se acercó y alumbró la placa con la linterna. Debajo había arañazos, como si alguien hubiera intentado arrancar el letrero. Y al lado, en letras diminutas, apenas visibles:

QUIEN ENTRA DEJA ALGO.

Mira tragó saliva. “Eso no suena a una buena regla.”

“Tal vez solo quiere decir… huellas”, dijo Tom, pero nadie se rió.

Sin que nadie la tocara, la puerta emitió un suave zumbido. Se abrió una rendija, como si el espacio detrás estuviera respirando.

Una luz dorada y cálida se derramó en el pasillo.

Entraron.

La sala era grande. Demasiado grande. Daba la impresión de ser una mezcla de archivo y vestíbulo de estación, con estanterías altas que se perdían en la sombra. Por todas partes había cajas, cajones, armarios. Partículas de polvo flotaban en el aire, pero no se movían de forma caótica; giraban en patrones circulares, como si siguieran líneas invisibles.

“¿Qué es esto?” susurró Leila.

Mira se acercó a una estantería. En un cajón abierto había un llavero. A su lado, un teléfono móvil viejo con la pantalla negra. Y un cuaderno en cuya portada ponía “Camino 17”.

Tom descubrió una fila de pequeñas botellas con etiquetas: “Valentía”, “Verdad”, “Paciencia”. Las miró durante largo rato, como si estuviera decidiendo entre reírse o salir corriendo.

“Esto es… una locura”, dijo por fin.

En el centro de la sala había una mesa redonda. Sobre ella yacía un mapa, un mapa de papel auténtico, tan grande como un mantel. Mostraba Falkenau, pero diferente: calles que no existían, puentes sobre la nada, edificios que nunca se habían construido. En una zona había un círculo dibujado, y dentro de él un nombre que le encogió el pecho a Mira.

EL LUGAR ENTRE MEDIOS

“Eso es la planta de agua”, susurró Mira. “O… algo que está superpuesto a ella.”

Leila se inclinó. “Hay un símbolo.”

En el borde del mapa había un signo como un ojo medio cerrado. A su lado se leía: Visible solo cuando no miras.

Tom soltó el aire con fuerza. “Eso no tiene ningún sentido.”

“Sí lo tiene”, dijo Mira despacio. “Significa que no se encuentra buscando. Se encuentra… pasándolo por alto.”

En ese momento, en algún lugar, una estantería crujió. No el crujido de la madera, sino un clic mecánico profundo, como si alguien estuviera abriendo un cajón gigantesco.

La linterna parpadeó. Una vez. Dos veces.

“¿Hola?” llamó Tom, demasiado alto.

La sala no respondió con una voz, sino con un movimiento: entre las estanterías algo se deslizó, una sombra que no pertenecía a una persona. Demasiado lisa, demasiado silenciosa. Leila agarró la mano de Mira.

“Hay alguien”, susurró.

Mira sintió que el corazón se le aceleraba, no solo por el miedo, sino por la comprensión. Aquella sala no estaba abandonada. Estaba vigilada.

Regresaron a la mesa. En el mapa, justo en el lugar donde se encontraban, apareció de repente un pequeño punto, una luz roja, como si el mapa se hubiera dado cuenta de ellos.

Y en el borde inferior apareció una nueva línea, como si el mapa se estuviera escribiendo a sí mismo:

TRES VISITANTES. UNA ENTRADA. NINGUNA SALIDA SIN INTERCAMBIO.

Los ojos de Tom se abrieron de par en par. “¿Qué significa intercambio?”

Leila susurró: “Tal vez… que hay que dejar algo.”

Mira volvió a mirar la advertencia junto a la puerta: Quien entra deja algo.

El zumbido en el aire se hizo más fuerte.

Y entonces habló una voz, no desde una boca, sino desde la propia sala, como si las paredes formaran palabras:

“Habéis entrado en el punto cero. Declarad vuestro propósito.”

Tom se quedó inmóvil. Leila contuvo la respiración.

Mira se obligó a sonar tranquila. “Queremos saber qué es esto.”

Una pausa. El zumbido descendió, como una mirada posándose sobre ellos.

“El conocimiento tiene un precio”, dijo la voz. “¿Estáis dispuestos a pagar?”