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Tres propósitos para el Año Nuevo

Parte 3: Las reglas del lugar entre medias

“No”, quiso decir Tom de inmediato. Pero Mira lo miró, y se tragó la palabra. No se le decía simplemente no a una sala que te hablaba.

“¿Qué… cuesta?” preguntó Leila con cautela.

El aire vibró, como si la sala estuviera pensando. “No dinero. No sangre. Algo que os pertenece.”

Mira sintió que se le enfriaban los dedos. “¿Un recuerdo?”

“Un acceso”, respondió la voz. “Una puerta dentro de vosotros.”

Tom se frotó la nuca con nerviosismo. “Yo no tengo ninguna puerta dentro.”

“Sí que la tienes”, dijo Mira en voz baja. “Todo el mundo la tiene. Para las cosas que nunca dice. Para las decisiones que no toma.”

Sobre la mesa apareció otro símbolo, como tres campos vacíos. Encima se leía:

REGLA 1: NO MENTIR.

Un segundo campo se llenó.

REGLA 2: NO ROBAR.

Y un tercer campo:

REGLA 3: NO MIRAR ATRÁS CUANDO TE LLAME.

Tom se quedó mirando la regla 3. “Es la regla más injusta que he oído en mi vida.”

“Es la más importante”, dijo la voz. “Quien mira atrás, se queda.”

La linterna de Leila volvió a parpadear, y algo se movió en las sombras entre las estanterías. Mira tuvo el impulso de girar la cabeza, pero recordó la regla. No mirar atrás cuando te llame.

“¿Cómo salimos de aquí?” preguntó Mira.

“Mediante un intercambio”, respondió la voz. “Tres entraron. Tres saldrán. Pero no todos seguirán siendo los mismos.”

En el mapa, una parte se deslizó a un lado como si el papel se volviera líquido. Debajo apareció un pequeño plano: otra puerta, más al fondo de la sala, donde las estanterías estaban más juntas. Junto a ella había un nombre:

LA SALA DEL ECO

“Ahí se decidirá todo”, dijo la voz. “¿Queréis respuestas? Entonces id.”

Tom resopló, más bajo esta vez. “Claro. Tenemos que ir todavía más adentro.”

Mira asintió lentamente. “Si hay una salida, está allí.”

Caminaron entre las estanterías. Cuanto más avanzaban, más objetos veían que parecían no pertenecer a cualquiera, sino a alguien que ya había estado allí antes. Un billete de feria arrugado. Un anillo con iniciales grabadas. Una pulsera hecha a mano con hilos de colores.

Leila se detuvo frente a una estantería. Allí yacía un pequeño conejo de tela, con una oreja cosida. No lo tocó, pero su mirada se suavizó.

“Yo tenía ese cuando era pequeña”, susurró. “Pero… desapareció hace años.”

Mira sintió un nudo en la garganta. “Ese no es tu conejo. Es… un conejo como el tuyo.”

“O”, dijo Tom, “este sitio simplemente roba cosas.”

“Regla 2”, le recordó Mira.

Tom levantó las manos. “¡No estoy robando nada!”

Mientras seguían avanzando, oyeron un leve susurro detrás de ellos. No era claro, más bien como voces a través del agua. Mira se concentró en mirar al frente.

Entonces ocurrió: una llamada tan clara que Mira se estremeció:

“Mira.”

La voz de su propia madre. Suave. Exactamente como sonaba cuando la arropaba por la noche.

Tom se detuvo en seco. Leila contuvo la respiración.

La regla 3 ardía en la mente de Mira: No mirar atrás cuando te llame.

“Ignóralo”, siseó Tom.

“Yo… no puedo”, susurró Leila. “Es la voz de mi abuela…”

“No te gires”, dijo Mira, con la voz temblorosa. Sabía lo que pasaría si alguien miraba atrás. No exactamente. Pero lo suficiente.

Los susurros se hicieron más fuertes, reconfortantes, tentadores. Las voces decían cosas que uno quería oír. Cosas que echaba de menos.

“Está bien”, decía la voz de su madre. “Vuelve. Solo una vez.”

A Mira le hormigueó la nuca. Sus ojos querían girarse.

Apretó los dientes y siguió caminando.

Delante de ellos apareció la puerta del mapa. Parecía un espejo encajado en un marco. Sin pomo. Solo una inscripción:

LA SALA DEL ECO – AQUÍ OYES LO QUE HAS APARTADO.

Leila respiró con dificultad. “Si entramos ahí…”

“…entonces tendremos que ser sinceros”, dijo Mira. “Regla 1.”

Tom tragó saliva. “Yo siempre soy sincero.”

“Tom”, dijo Leila con sequedad.

Hizo una mueca. “Vale. Casi siempre.”

El espejo brilló, como si reaccionara a ellos. Sonó un sonido suave, como un gong muy lejano.

Y entonces el espejo se abrió, como si fuera una puerta hecha de agua.

Entraron.