El comodín del «sí»: o por qué nunca deberías casarte con una lavadora
Parte 1: Cómo todo empezó con dos mil euros
Si alguien me hubiera dicho que acabaría planeando una boda falsa por culpa de una factura de calefacción, me habría reído. Alto. Con desprecio. Y luego habría vuelto a apagar el radiador. Pero ahí estaba yo, sentado en nuestra cocina compartida, mirando una hoja de papel que decía, en números muy claros y muy crueles: 2.000 €.
«Eso no puede ser correcto», dije por quinta vez, como si repetirlo fuera a cambiar algo. «Vivimos en un piso mal aislado, sí, pero no en una estación espacial.»
Mia estaba apoyada en la encimera, con los brazos cruzados, observándome como se observa a alguien que acaba de darse cuenta, demasiado tarde, de que ha hecho algo muy estúpido. «Es correcto», respondió con calma. «Subieron los precios. Y tú insististe en que en invierno “el frío te bloquea la creatividad”.»
«El frío es el enemigo de toda persona decente», murmuré. «Pero dos mil euros… no los tengo.»
«Yo tampoco», dijo ella. «Y el casero quiere el dinero antes de fin de mes. Eso nos deja exactamente…» miró el reloj de la pared, «…once días.»
En ese momento, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Lukas entró con la energía caótica de alguien que no solo no tiene problemas, sino que además disfruta resolviendo los de los demás. Llevaba su portátil bajo el brazo y una sonrisa que nunca significaba nada bueno.
«Vale», dijo sin saludar, «he hecho números.»
Mia y yo lo miramos al mismo tiempo. «Eso nunca es una buena señal», dije.
Lukas dejó el portátil sobre la mesa, lo abrió y giró la pantalla hacia nosotros. Era una hoja de cálculo. Muchas columnas. Muchos colores. «Escuchadme bien», empezó. «Vuestra situación financiera es desastrosa. Pero no es irreversible. Necesitamos dinero rápido. Y mucho.»
«¿Un atraco?», sugerí. «No.» «¿Tráfico ilegal de queso?», probó Mia. «Tampoco.»
Lukas respiró hondo. «Una boda.»
Hubo un silencio tan largo que se podía oír el zumbido del frigorífico. «¿Perdón?», dije al final.
«Una boda», repitió Lukas con total seriedad. «Las bodas son máquinas de hacer dinero. Familias enteras regalando sobres con efectivo por pura presión social. Regalos duplicados. Expectativas infladas. Es perfecto.»
Mia se rió. «¿Y quién se va a casar? ¿Tú y tu ego?»
Lukas negó con la cabeza y nos señaló alternativamente. «Vosotros dos.»
Me atraganté con el aire. «¿Estás loco?»
«Totalmente», dijo él. «Pero escuchad el plan antes de llamar a un psiquiatra.»
Mia me miró. Yo la miré a ella. Llevábamos dos años compartiendo piso. Dos años discutiendo por la basura, por la calefacción y por quién se había acabado el último yogur. Casarnos —aunque fuera de mentira— sonaba como una violación directa de varias leyes no escritas del universo.
«Ni hablar», dijo ella. «Prefiero vivir debajo de un puente.»
Lukas levantó un dedo. «Con agua caliente limitada. Y sin Wi-Fi.»
Mia dudó.
«Además», añadió él, «no sería una boda normal. Sería pequeña. Espontánea. Íntima. Muy… moderna. Nadie cuestiona nada si dices que es moderno.»
Miré de nuevo la factura. Dos mil euros. Once días.
«Solo es teatro», dijo Lukas suavemente. «Una pequeña mentira bien organizada.»
Mia suspiró. «Esto va a acabar fatal.»
«Probablemente», respondí. «Pero al menos no nos congelaremos.»
Ella me miró durante un largo segundo. Luego dijo: «Vale. Pero si esto sale mal, te culpo a ti.»
Lukas aplaudió. «¡Perfecto! Entonces tenemos una boda. Bienvenidos al proyecto más estúpido y rentable de vuestras vidas.»
En ese momento, no lo sabíamos, pero acabábamos de activar el comodín del «sí». Y no había marcha atrás.