La ciudad de los mil colores

Parte 1: La mancha que no quería serlo

En el año 2125 había una ciudad muy especial.

Flotaba alto sobre las nubes. Y estaba llena de animales.

No simplemente animales.

Sino animales de todo tipo de lugares:

Medusas luminosas que flotaban por el aire. Ardillas listadas con rayas de neón. E incluso un pingüino robot con pies parpadeantes.

La ciudad se llamaba: Farbópolis.

Y allí todo era colorido.

Al menos casi todo.

Porque abajo, en el borde de la ciudad, vivía Kiko.

Una pequeña rana manchada.

Con manchas marrones.

Manchas normales, sin brillo, no luminosas.

«¿Por qué no tienes manchas de neón?», le había preguntado una vez un pez volador.

«¿O al menos purpurina?», había añadido una ardilla.

Kiko solo se encogió de hombros.

«Simplemente soy así.»

Pero eso no parecía suficiente en Farbópolis.

Porque aquí había una regla sencilla:

Cuanto más colorido, mejor.

Y cuanto más común…

…más invisible.

Kiko saltaba cada mañana hacia la escuela.

Pero nadie se sentaba a su lado.

No porque fuera malo.

Sino porque era «no especial».

«Eres como… aburrido», dijo una vez un camaleón que cambiaba constantemente de color.

Kiko no dijo nada.

Le gustaban sus manchas.

Pero a veces…

…desearía ser un poco diferente.

Un poco más luminoso.

Un poco más como los demás.

Ese día pasó algo extraño.

Muy extraño.

Cuando Kiko caminaba por la ciudad, los colores parpadearon de repente.

Primero ligeramente.

Luego más fuerte.

Las rayas de neón de una ardilla se volvieron pálidas.

Las medusas luminosas perdieron su brillo.

E incluso los pies parpadeantes del pingüino robot…

…se apagaron.

«¿¡Qué está pasando ahora?!», gritó alguien.

Toda la ciudad quedó en silencio.

Y de repente todo estaba…

…un poco más gris.

Solo uno seguía igual que antes.

Kiko.

Miró a su alrededor.

Y por primera vez…

…todos lo miraban fijamente.